
”Oye, oh Israel: hoy vas a cruzar el Jordán para entrar y desposeer a naciones más grandes y más fuertes que tú, ciudades grandes y fortificadas hasta los cielos, un pueblo grande y alto, los hijos de los anaquim, acerca de quienes tú mismo has sabido y tú mismo has oído decir: ‘¿Quién puede mantenerse firme delante de los hijos de Anaq?’. Y bien sabes tú hoy que Jehová tu Dios va a cruzar delante de ti. Un fuego consumidor es él. Él los aniquilará, y él mismo los sojuzgará delante de ti; y tienes que desposeerlos y destruirlos rápidamente, tal como te ha hablado Jehová. (Deuteronomio 9:1-3.)
El cumplimiento literal de este pasaje comenzó desde 1473 a.e.c. en adelante, desde que Josué inició, bajo la dirección divina, la conquista de la Tierra Prometida en Canaán. El cumplimiento final acontecerá cuando Jesucristo y sus ejércitos expulsen a los habitantes inmorales de este planeta, con el propósito de dejar la Tierra como herencia para quienes Jehová considere justos.
Porque los malhechores mismos serán cortados, pero los que esperan en Jehová son los que poseerán la tierra. Y solo un poco más de tiempo, y el inicuo ya no será; y ciertamente darás atención a su lugar, y él no será. Pero los mansos mismos poseerán la tierra, y verdaderamente hallarán su deleite exquisito en la abundancia de paz (Salmos 37:9-11.)
El propósito es que andes en el camino de los buenos y que guardes las sendas de los justos. Porque los rectos son los que residirán en la tierra, y los exentos de culpa son los que quedarán en ella. En cuanto a los inicuos, serán cortados de la mismísima tierra; y en cuanto a los traicioneros, serán arrancados de ella. (Proverbios 2:20-22.)
Ahora bien, en el texto de Deuteronomio se habla de los anaquim, o los hijos de Anaq. ¿Qué información se tiene sobre estos?
Los anaquim eran una raza de tamaño extraordinario que habitaba en las regiones montañosas de Canaán, en algunas zonas de la costa y, en especial, en la parte sur del país. Ahimán, Sesai y Talmai, tres hombres prominentes de los anaquim, residían en Hebrón (Números 13:22), donde los doce espías hebreos vieron por primera vez a esta raza. Diez de los espías dieron después un informe atemorizador de aquella experiencia, alegando que estos hombres eran descendientes de los nefilim antediluvianos y que, en comparación con ellos, los hebreos eran como “saltamontes”. (Números 13:28-33; Deuteronomio 1:28.) Su gran estatura hizo que se les usara como punto de referencia al describir incluso a los hombres de Emim y de Refaím, que también eran extraordinariamente grandes. Al parecer, su gran fuerza dio lugar al dicho proverbial: “¿Quién puede mantenerse firme delante de los hijos de Anaq?”.
En los “textos de execración” egipcios (piezas de alfarería sobre las que se escribían los nombres de los enemigos de Faraón y que después se rompían en señal de maldición) figura el nombre de Iy-‛anaq, lo que parece ser una referencia a una tribu palestina de los anaquim.
Habrá quienes asocien a los anaquim con los llamados Annunaki, pero parece que no hay pruebas determinantes sobre ello.
Lo que llama la atención es que el pasaje da a entender que quienes fueron representados por los anaquim tendrán que ser eliminados antes que el pueblo de Dios herede la Tierra. Esto ocurrirá en la batalla de Har-Magedón. Cabe destacar que, comparados con el pueblo de Dios, las potencias mundiales son como enormes "bestias", así que bien pudiera ser que los anaquim representaran sencillamente a las entidades políticas abusivas, que son como los nefilim de nuestros días, que a la vista de personas sin fe pueden parecer invencibles, pero que simplemente caerán así como Goliat cayó ante David. [Y, en cierto sentido, quienes están detrás de estas entidades son los demonios.]
Es Jehová mismo quien los aniquilará... No debemos preocuparnos por ellos. No miremos su "tamaño" ni su "fuerza". La "piedra" del Reino de Dios los derribará de un solo golpe.
No es por mérito alguno
Pudiera pensarse que el heredar la Tierra es un derecho ganado por nuestra propia justicia, pero en realidad no es así. Más bien se trata un regalo amoroso del Dueño de la Tierra, aquel que conoce nuestros corazones. El Israel de la antigüedad también pensó que era una nación demasiado justa como para ganarse el derecho de heredar la Tierra Prometida. Incluso hoy ciertos gobernantes de los judíos se tienen en una exagerada alta estima, en comparación con la gente de las otras naciones. Y pudiera suceder que muchos cristianos lleguen a pensar que son, cualitativamente hablando, mejores personas que otros. Pero nadie merece la gloria de Dios, porque todos somos pecadores.
Porque todos han pecado y no alcanzan a la gloria de Dios, y es como dádiva gratuita que por su bondad inmerecida se les está declarando justos mediante la liberación por el rescate [pagado] por Cristo Jesús. (Romanos 3:23, 24.)
El Israel del pasado tenía que entender el punto de vista correcto sobre esta perspectiva:
”No digas en tu corazón, cuando Jehová tu Dios los empuje de delante de ti, esto: ‘Por mi propia justicia Jehová me ha introducido para tomar posesión de esta tierra’, cuando es por la iniquidad de estas naciones por lo que Jehová las va a expulsar de delante de ti. No es por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón por lo que vas a entrar para tomar posesión de su tierra; de hecho, es por la iniquidad de estas naciones por lo que Jehová tu Dios las va a expulsar de delante de ti, y a fin de realizar la palabra que Jehová juró a tus antepasados, a Abrahán, Isaac y Jacob. Y tienes que saber que no es por tu justicia por lo que Jehová tu Dios te da esta buena tierra para tomar posesión de ella; pues eres un pueblo de dura cerviz. (Deuteronomio 9:4-6.)
Hoy es igual. La maldad que impera en todo el planeta da evidencia de que el mundo se ha convertido en una "tierra de Canaán" en gran escala. La iniquidad de las naciones merece un desalojamiento justo, uno comparable al que ocurrió en el Diluvio. Y aún hoy día, es por la promesa de Dios sobre la venida de la Descendencia que restaurará todas las cosas que Jehová ejecutará sus actos de juicio.
Y podría decirse que, aún nosotros, seguimos siendo como "un pueblo de dura cerviz". ¿No nos equivocamos tercamente en las mismas cosas? A pesar de todo, Jehová nos ha proporcionado un medio que cubre nuestros errores, siempre y cuando mostremos fe en el sacrificio del Mesías. De ese modo, reconociendo de dónde proviene la salvación, estaremos en la condición limpia y aprobada ante la vista del Creador:
Después de estas cosas vi, y, ¡miren!, una gran muchedumbre, que ningún hombre podía contar, de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos de largas ropas blancas; y había ramas de palmera en sus manos. Y siguen clamando con voz fuerte, y dicen: “La salvación [se la debemos] a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero”. (Revelación 7:9, 10.)
Jehová cumplirá sus promesas sí o sí. Él las ha visto cumplidas con anticipación, así que solamente queda de nuestra parte el asirnos firmemente de la oportunidad de entrar en esta "buena tierra" siguiendo las pautas que él dejó en su Palabra.
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